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De perros y longanizas

Sin embargo; tres años después, el boom de la construcción hizo "figa" y la licencia caducó sin que se levantara ni un miserable tabique. Al final, Alcoy se ha quedado sin fábrica y sin bloque de apartamentos. Un deprimente solar nos recuerda, cada vez que pasamos por esta avenida, que hubo un día en que todos nos creímos que era posible atar los perros con longanizas.

Esta triste historia es una parábola perfecta para explicar algunos de los rasgos distintivos de la economía alcoyana de la última década. Deslumbrado por los pelotazos del ladrillo, el dinero de la industria se ha ido desplazando a la construcción en busca de ganancias rápidas. Enfrentados a la competencia china y a la perpetua necesidad de invertir en innovación y tecnología, muchos industriales decidían desertar y pasarse al bando de la pasta fácil. Empresarios acostumbrados a dejarse la piel en fábricas con centenares de trabajadores contemplaban con justificadísima indignación cómo los promotores inmobiliarios de la costa ganaban fortunas con un despachito, una secretaria y un teléfono móvil con buenos contactos en los ayuntamientos.

Hay que señalar, sin embargo, que esta conversión llegaba a nuestra ciudad con un considerable y letal retraso. El boom de la construcción en Alcoy se ha estrellado con la crisis económica cuando apenas sí había despegado. El resultado son centenares de proyectos inmobiliarios abandonados y la misma sensación que tiene uno cuando llega tarde a una fiesta y comprueba que la gente ya se ha marchado y que los camareros están retirando los vasos y los platos de las mesas. En este sentido, junto a casos como el de Harinas Bufort, resulta paradigmática la situación de la proyectada recuperación del casco antiguo, que se ha visto paralizada cuando apenas había empezado a caminar.

Ahora, atenazados por la crisis y por las colas interminables de las oficinas del INEM, nos encontramos ante la puñetera obligación de encontrar responsables. No es una tarea sencilla, ya que estamos ante un típico caso del "entre todos la mataron y ella sola se murió". Hay que mirar, en primer lugar, hacia un sector de la clase empresarial, que se ha metido en el incierto camino del aventurerismo y el corto plazo, dándole la espalda a otros segmentos productivos tradicionales; menos rentables, pero más sólidos. También tienen una importante parte de culpa las diferentes administraciones públicas, empezando por la municipal, que se han limitado a subirse al carro de la abundancia inmobiliaria, descartando cualquier posibilidad de planificar de forma rigurosa el futuro de la ciudad. Finalmente, resulta inevitable pensar que nada de esto habría sido posible sin la complicidad de una ciudadanía, que durante años ha creído que vivía una juerga continua, en la que la barra libre crediticia permitía a todo el mundo disfrutar de una parte, aunque fuera pequeñita, del pastel inmobiliario.

Lo único cierto es que Alcoy ha visto retroceder la industria y no se ha podido beneficiar apenas de los efectos de Eldorado de la construcción, como sí han hecho otras localidades de la costa que acudieron puntuales a su cita con el ladrillo. La crisis nos ha pillado entre Pinto y Valdemoro y ahora, no sabemos hacia dónde tirar.


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