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Article d'opinió de Vincent C.V.D. Spek, artista

Vincent C.V.D. Spek

Hacia una muerte prematura

Hay veces en las que uno, no sabe cómo, se topa con la indiferencia de lo infranqueable para darse cuenta que este concepto abunda, con frecuencia, e…

Hay veces en las que uno, no sabe cómo, se topa con la indiferencia de lo infranqueable para darse cuenta que este concepto abunda, con frecuencia, en el quehacer cotidiano de las personas. Recientemente he vuelto a pasar por esta desagradable experiencia.

Hasta el día de hoy, con cierta regularidad, me dedico a hacer uso de mis habilidades artísticas para sobrevivir de la forma más digna y consecuente con mi manera de entender la vida que me es posible. Esto no es algo excepcional o sobresaliente, la gran mayoría de las personas también lo hacen con sus propias habilidades, ¿No es cierto?

Una de las formas para sobrellevar este comportamiento, y no caer entre los rodillos del tórculo de la repetición o la sensación de vivir dentro de la película del “Día de la marmota”, consiste en aplicarle una gran dosis de cariño, dedicación y esmero a las obras que realizo.

Recientemente he estado trabajando en una obra mural situada en el centro histórico de la ciudad de Alcoy, más concretamente en el carrer Sant Francesc. Dicha obra ha sido sufragada por el dueño de un local de ocio llamado Voltereta. Personalmente esta ubicación siempre ha sido especial para mí, pues desde la infancia siempre he tenido un vínculo especial con el centro. Este motivo me ha hecho trabajar la pieza pictórica con un sentimiento de amor más potente de lo habitual como muestra de agradecimiento y respeto a estas emblemáticas calles.

Cerca de 3 semanas me han tenido ocupado en perfilar el diseño hasta obtener un resultado satisfactorio y, cierto es, que la correspondencia con vecinos y todo tipo de transeúntes así lo ha ratificado. En esta ocasión, la sensación de disfrute personal sumado al arropamiento del observador, me hicieron pasar unos días muy motivadores para dar lo mejor de mí. Es, sin duda, uno de los regalos más grandes que te puede dar, en ocasiones, el hecho de trabajar en la vía pública.

Pasado este placentero capítulo, en el transcurso más breve del que dura una semana, me topé con la amarga noticia al recibir el propietario del local una notificación del ayuntamiento denunciando mi acción pictórica, con la mala fortuna de que se resolvía pidiendo el borrado de dicho mural, pues hay una normativa que protege y preserva la conservación de los edificios céntricos.

Como organizador de la muestra de cultura urbana Urban Skills, soy conocedor de dicha normativa. Comprendo que exista una regulación protectora y preservadora del carácter hacia ciertos edificios por su valor estético, histórico y cultural. Pero, ahora bien, me cuesta comprender el hecho de que desde los ámbitos burocráticos se tomen decisiones que poco se acercan a un mecanismo democrático a la hora de determinar qué colores o no deban tener unos edificios, pues en su esencia, son propiedad de las personas que las habitan. Si nos acogemos a un rigor histórico dudo mucho que en la época de su construcción tuvieran dichos colores, es más, veo este hecho muy contradictorio si queremos hablar acerca de preservar un patrimonio empleando un rigor histórico real.

Por otro lado, tampoco comprendo que un particular, financiando de su propio bolsillo algo que embellece un espacio común, siendo reconocido por muchos otros vecinos como una acción positiva para la mejora estética de la calle, pues hay que recalcar que dicha pared se encontraba en unas condiciones bastante desfavorables. Sea denunciado y obligado a borrar un elemento que, aplicando el sentido común, enriquece el patrimonio cultural, pues dicha obra artística queda expuesta para el disfrute contemplativo del público en general.

Como artista de mi ciudad siento pena, frustración, y desprotección a la hora de enfrentarme a estos veredictos, pues me da a entender la poca valoración hacia mi trabajo, al igual que veo una falta de comunicación real entre el sentir de la gente que habita las calles y su supuesto organismo representativo, pues ellos están ahí por nosotros, ya que, sin los habitantes de una ciudad, pueblo, etc. su trabajo no tendría razón de ser.

Como artista que trabaja en el espacio público estoy bastante acostumbrado a la efímera vida de mis obras. Pero he de concluir que, arrebatarle la vida a una huella provocada por un gesto hecho desde el cariño de forma tan prematura es una verdadera injusticia.