EXTRA DE FESTES D'ONTINYENT
Concluidas las jubilosas celebraciones habidas en febrero de 1860 por el triunfo de las tropas españolas en Tetuán, la sede del Casino del Porvenir, se convirtió en el centro impulsor de la nueva epifanía festiva, donde tuvieron cabida anhelos, reuniones e intensos preparativos animados además por la Municipalidad, el párroco de San Carlos, el Pbro. José Ferrero Gandía y els Llumeners.
Inmersos en una continua organización, se sucedieron las jornadas acompañando la bella y ansiada aventura. Se impuso la búsqueda de atavíos, armas, música y un largo etcétera. Fue adquirida, en 3.000 reales por la Junta Directiva de Fiestas, una fragata para ser tripulada por los Marineros, añadiendo un destacado distintivo y novedad hasta ese momento desconocido entre las poblaciones celebrantes del festejo. Costeado por 4.003 reales desembolsados por 49 vecinos más los 1.169 reales aportados por la Asociación de Llumners, fue contraído un castillo de madera de base cuadrangular de la que sobresalía, en su centro, la altiva y elegante torre de homenaje. Los 6.000 reales de las nuevas andas para la imagen del Ssmo. Cristo de la Agonía fueron sufragados por las hermanas María y Rafaela Marín Maestre. El Cabildo Municipal cooperó abonando los 1.044 reales y 17 maravedíes a los que ascendieron la confección de las enseñas mora y cristiana. Componiendo el laureado magistrado Joaquín J. Cervino Ferrero unas embajadas, que con gran propiedad continúan declamándose en la actualidad.
Gentes de diferentes clases sociales, ideales y ocupaciones laborales configuraron las filadas sarracenas de Moros del Rey, Moros del Rif y Moros de Caballería y las cristianas de Cruzados, vulgo Capellans, Estudiantes, Marineros, Tomasina y Antigua Española, partícipes en el novel festejo que de forma ordenada y brillante transcurrió bajo un fulgido sol, la luz plateada de la luna y los faroles de aceite alumbrando desfiles, pólvora, fe y devoción, siguiendo el denso programa de actos, en gran parte reflejado por el oficiado en la ciudad del Serpis y del que Pascual Madoz se hico eco en su Diccionario Geográfico Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar.
Engalanadas calles y plazas y con las primeras luces del jubiloso domingo 5 de agosto, la música irrumpió entre aplausos y sonrisas rasgando el silencio de los cielos con la Diana. Los sargentos al frente de sus respectivas agrupaciones bandísticas, acompañaron el desfile de las filadas por las calles Magdalena, Monjas, Puerta San Roque, plaza San Pedro, Trinidad, plaza Nueva, Morales, San Carlos, Casas Nuevas, Diezmo, Antolí, Santa Rosa, plaza de Santo Domingo, San Jacinto, Santa Faz, San Jaime, Pallarés, San Vicente, Santa Rosa, Caldes y Mayor hasta la plaza Constitucional recibiendo las ovaciones de los más madrugadores.
A las seis de la mañana, els Capellans, discurrieron por la vía de San Jaime hasta el castillo, donde permanecieron un tiempo y tras dejar una pequeña guarnición, acudieron a los aledaños de la puerta de San Francisco. Las huestes de la Cruz y de la Media Luna, allí reunidas y luciendo sus vistosas y elegantes galas, se dispusieron a iniciar sus triunfal entrada estimuladas y guiadas por los compases de pasodobles y marchas militares. El insólito y multicolor espectáculo, iniciado bajo el signo de la cruz, con sus anacrónicos ropajes, contaron con la fragata "Méndez Núñez", tirada por una reata de mulas enjaezadas, cuyos tripulantes obsequiaron al numeroso público situado a lo largo de las calles de Gomis, Mayans y Tundidores con dulces y décimas y con las huestes moravitas con sus diseños otomanos bajo el inusitado ambiente repleto de afectos y divertimento.
La asombrosa mañana llevó la fiesta al altar concurriendo las mesnadas a oír el sacrificio de la misa, cumpliendo así con el precepto dominical. A su conclusión, siguieron regalando, el gozo y la dicha en el paseo general que había partido a las nueve desde las puertas de la Casa Consistorial por aquel escenario de elegancia y poesía, repleto en su tarde con el color de sus pensamientos cuando a las cinco, aquellas figuras reales de la cristiandad y la morería se reunieron ante el templo del Purpurado de Milán para dirigirse al ermitorio de Santa Ana.
Con el cantar de los arcabuces, el aroma de la pólvora y el musitar de plegarias, la cetrina faz del Ssmo. Cristo de la Agonía, portada a hombros en las andas estrenadas en esos instantes, salió desde su habitáculo, convertido en tristes días en lazareto, cuando los bronces de la torre hacían sonar las seis y la luz del sol poniente se preparaba a dorar los tejados, camino de su ocaso. El atardecer de mística paz roto por el atronador eco de las armas de fuego disparadas en su honor hasta la entrada al Puente Viejo, a través del camino de Santa Ana y de la Canterería, prestó su dosel a la verdadera y singular oración y al testimonio de fe mostrado por la villa hincada nuevamente de rodillas a su paso por las plazas Nueva y Constitucional y las calles de Tundidores y Mayans mientras el glorioso volteo de los bronces de todas las torres anunciaron el majestuoso e indescriptible episodio.
La Municipalidad e invitados presididos por el alcalde junto al Clero esperaron a quien desde esos instantes sería el patrón de moros y cristianos, junto al antiguo portal de Santa Ana, acompañándolo en la religiosa manifestación que lo entronizaría en el presbiterio de San Carlos, cuya fachada presentaba una singular y extraordinaria ornamentación. Convertida la plaza Constitucional en un ramillete de color y música, cobijó los bailes de las filadas acompañados de panderetas y castañuelas con asombro de los que hasta allí se acercaron al filo de las nueve de la noche para admirarlos y aplaudirlos. Con antelación, maestros de baile, venidos de nuestra capital, enseñaron a los componentes de cada filada, diferentes pasos y montaron las correspondientes coreografías consiguiendo un digno y elogiado espectáculo, que según un testigo presencial, "parecía imposible que fueran la mayor parte labradores, que nunca habían balsado (sic)".
Revestida de belleza, complacencia y regocijo la primera jornadastida de esencial anta Ana, sus diseños otomanos, la siguiente como su antecesora despuntó con las luces del alba, el sonar de las músicas y el discurrir de la Diana, llamando y congregando a las gentes a vivir cada minuto de ese lunes 6 de agosto, festividad de San Salvador, dedicado a loar de forma singular la venerada imagen del Ssmo. Cristo de la Agonía.
Repletas las calles de animación y lanzadas al vuelo las voces de las campanas, a las ocho y media de la mañana la plazoleta de San Carlos acogió a todas la filadas con sus respectivas músicas de la que partieron los dos capitanes, acompañados de sus respectivos piquetes, hacia la Sala Capitular donde fueron esperados por los miembros de la Municipalidad e invitados. Entregadas con toda pompa y grandiosidad las enseñas a sus respectivos abanderados, la comitiva se dirigió a la real parroquia, recibiendo los honores de las huestes allí






