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Prefiero ni pensarlo

La complicadísima situación económica actual ha empujado a muchos votantes desengañados de la clase política en conjunto, a desertar también del pensamiento. Prefieren ni pensar en ir a votar este próximo domingo 22.

Personalmente, pienso que no pensar es una mala idea; pero tampoco se pueden esperar buenas ideas de quienes se abstienen de parirlas a la primera dificultad.

Eso los que no piensan ni pisar el domingo su colegio electoral, pero los hay que, aun teniendo la intención de sí hacerlo, les ha pillado el toro de la campaña con la conciencia rezagada y aún no se han puesto a pensar a quien votarán. Si queremos creer las encuestas, a estas alturas de la película (que no de la campaña, que vendría a ser como el trailer de la película que nos vamos a tragar los próximos cuatro añitos) aún persiste una parte nada despreciable de la población que sí piensa ir a votar pero que se ha abstenido, de momento, de pensar a quién lo hará. Ver -o leer- para creer. Me sigue costando entender que, de verdad, en la era de la [sobre-]información, aún queden almas censadas que, a pocos días vista, estén rumiando su postura política, como si de elegir modelito para la boda de su primo se tratara. Pito, pito, gorgorito… Aunque probablemente echarán su apuesta democrática a favor del candidato que sepa dorarles la píldora con más maña en la recta final de la campaña. Si no, a qué santo se iban a esforzar tanto los candidatos en embarcarse con el circo ambulante para repescar el voto de los indecisos.

Me duele imaginar que no pocos miles de votos se decidirán por lo simpático/a que se muestre el/la candidato/a cuando estrechen la mano de los indecisos agolpados en los toriles, o del color de la gorra que les regalen, o de acertar con el relleno del bocata que reparten en los mítines. Y me duele aún más, y esto no necesito imaginarlo, que cualquiera de esos votos tan indecisos e influenciables “pesa” igual en la urna que el voto de la persona más informada y concienciada que imaginarse pueda, que hubiera sopesado y meditado profundamente su decisión, tras examinar las trayectorias y contrastar los programas electorales de todos/as los/as aspirantes.

Ah, eso sí, si no votas, después no te extrañe si haces el ridículo cuando vayas por ahí despotricando de lo mal que está todo y lo poco o nada que se hace por solucionarlo. Vale que tú prefieras no pensar, pero los demás sí suelen hacerlo, y eso ayuda a detectar los disparates y contrasentidos de los rebeldes de salón. Porque si tu excusa es que no estás de acuerdo con el modelo de democracia que tenemos, ya estás tardando en irte a acampar con los de la plataforma “Democracia real ya”. Esos están mostrando su indignación contra un sistema electoral que juzgan injusto, y se están haciendo oír. Bien por ellos, porque ya había llegado el momento de encauzar la energía que nace de la indignación (que no es poca) y sacarla de los campus y de los bares a la calle, para hacerla visible y audible. O practicas la democracia o te plantas para cuestionarla, pero, por favor, no la parasites, que no está el horno, ni la urna, para bollos.

Todo ese apoliticismo pasota y acomodaticio resulta estéril y trasnochado, y muy útil a según qué intereses. No te puede resbalar la política cuando todo tú resbalas por la pendiente directo al desastre. Y que sepas que eso que notas no son cosquillas, así que no te rías tanto porque es la mierda que te come por los pies.

Indígnate y reacciona: vota.

FERNANDO LLORCA