El tiempo - Tutiempo.net
Alcoi
El temps
español Este contenido sólo está disponible en valenciano

Article d'opinió de Rafael A. Gandía Vidal, Historiador de la Fiesta

Rafael A. Gandía Vidal

Truenos y relámpagos acompañaron la bajada de la Imagen del Smo Cristo de la Agonía de 1854

De particular invocación contra los contagios y calamidades públicas, la imagen del Smo. Cristo de la Agonía, aparecida en 1537, según cuenta la leyenda y la tradición piadosa transmitida oralmente de generación en generación, acudió en auxilio de nuestra Villa, no solo en épocas de penuria y descalabros, sino en todos y cada uno de sus históricos episodios escritos con luces y sombras. De forma especial cuando las temidas y mortíferas epidemias, como fantasmas de la muerte, causaban incontables paginas tristes y fúnebres. 

Nuestras gentes de fuertes raíces y recias voluntades hincaron su rodilla e imploraron la ayuda y protección del Santo Cristo de Santa Ana, como así era invocado, cuando iniciada la segunda mitad del siglo XIX, el cólera la visitó en el estío de 1854.

El rápido avance epidemiológico, precipitó la convocatoria de una reunión en la Casa Capitular, presidida por el alcalde Fabián Comas Castellá, el jueves 24 de agosto, a la que asistieron treinta personas, entre las que se hallaba el Cura-Ecónomo de San Carlos, Rvdo. D. José Tortosa, y en la que fueron proyectadas las medidas a tomar, como la designación de los lazaretos en las ermitas de San Onofre y Santa Ana y en la sede del gremio de Peraires en el Tirador; las funciones de médicos, cirujanos y clérigos y la celebración de varias eucaristías, novenas y solemnes rogativas.

El 6 de septiembre, se consiguió del Sr. Arcipreste, Rvdo. D. Fernando Soriano y del Ayuntamiento bajar al Smo. Cristo, cuya “Sagrada Cruz medía 14 palmos de alta por 8 ½ de ancha sin contar con las andas”, según se puede leer en la carta remitida en agosto de 1880, por el entonces alcalde Francisco Osca Pascual del Povil, al Arzobispo Valentino, Cardenal Antolín Monescillo Viso.

Nuestra Real Villa, instruida en los principales y cardinales misterios de la fe, con el mayor de los sigilos, para no afectar y sorprender más a sus gentes, el día 7 de septiembre de 1854, a eso de las 4 de la madrugada, vio abandonar el ermitorio a la agonizante imagen, sin adioses de himnos y campanas, portada en andas por ocho hombres y acompañada por más de 40 antorchas.

La memorable bajada, envuelta en monacal silencio, bajo tenebroso y oscuro cielo con densas nubes negras, solo quedaba continuamente interrumpida por un gran número de relámpagos de deslumbrante intensidad iluminando el horizonte y se acentuaba el retumbar de los fuertes truenos que sorprendían, aterrorizaban y sobresaltaban al grupo de capellanes que la observaban desde el portal de San Francisco. Desde ese emplazamiento aguardaban la llegada de la devota manifestación a través del camino de Santa Ana que, tras atravesar el seco cauce del río Clariano, emprendía su ascenso, junto al Molino de Montaña, hasta alcanzar la iglesia de los franciscanos observantes. 

Acompañada por sobrio silencio, musitar de oraciones sencillas y sinceras y lágrimas de emoción, y teniendo por dosel el temido y ruidoso fenómeno meteorológico, la imagen, cuya cara fue tallada en el dolor de su agonía, transitó por la calle Mayor bajo el efecto sonoro fuerte y brusco de aquella tormenta. La travesía fue acompasada por gotas de lluvia que empezaron a caer rápidas y abundantes al llegar ante la Casa Capitular, lo que obligó a acelerar el paso y conseguir entrar en el templo de Santa María antes de que cayera la imponente torrentera de agua.

     

Transcurrida aquella misma jornada, al anochecer, dieron comienzo  un sinfín de oficios  religiosos en los diferentes templos de la ciudad: solemnes novenarios al Smo. Cristo, a la Purísima, Sma. Trinidad, San José, San Miguel y otros santos y protectores con el fin de solicitar de la Providencia el fin de aquel terrible mal, que día a día inscribía nuevos enfermos y difuntos, poniendo en gran consternación a todo el pueblo.

En la tarde del domingo 15 de octubre, se procesionaron en rogativa las imágenes del Smo. Cristo de la Agonía y la Purísima precedidas por cuatro o seis parejas con hachas. La manifestación religiosa, en la que la imagen de plata de Nuestra Patrona era cubierta por un velo negro, fue acompañada por un profundo silencio, juntamente con los sofocados sollozos y las campanas a medio vuelo.

Tan lastimero estado fue calmando poco a poco con el descenso del número de invadidos y muertos. El hambre de los más pobres quedó, en parte, mitigado con el trabajo que se les encomendó de arreglar los caminos reales, llegando a emplear más de doscientos hombres cuyas remuneraciones procedieron de unos fondos conseguidos con el beneplácito del gobernador civil de Valencia.

En la mañana del 19 de noviembre se cantó un solemne Te Deum en acción de gracias y por la tarde hubo una concurrida procesión, en la que participó, junto a las imágenes del Smo. Cristo y la Purísima, la de San José. Aquella manifestación concluyó en el Real Templo de San Carlos, donde se oficiaría un solemne novenario y desde donde partiría, el sábado 10 de febrero del año siguiente, la procesión que trasladaría la venerada imagen a la ermita de Santa Ana, donde no faltó la música, muchos jóvenes disparando arcabuces y truenos y muchos fieles portando antorchas.

No acompañó el clero de Santa María, par haberse apropiado el derecho de la imagen del Smo. Cristo el ecónomo de San Carlos D. José Tortosa, por ser la ermita de su parroquia, lo que causó muchas discrepancias y tensiones. Fue el propio Arzobispo de Valencia, Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Pablo García Abella quien decidió que dicha ermita pertenecía a la parroquia de San Carlos, con la firma del Concordato de 1851.

Para esta jornada del traslado fueron finalizadas las obras llevadas a cabo en la portalada del ermitorio, con la finalidad de poder entrar al Smo. Cristo con sus andas, que en su habitáculo siguió recibiendo la fe y las preces de sus devotos que hallaban su recompensa en ese amor gratuito y magnánimo que regala y al que contribuyen diferentes indulgencias concedidas por prelados españoles. Una liturgia que los siglos han revestido de singularidad y el pueblo de hondo arraigo y sentimiento.

  • Em 1854 el cólera la visitó en el estío de 1854. El día 7 de septiembre de ese mismo año, a eso de las 4 de la madrugada, el Smo Cristo de la Agonia  vio abandonar el ermitorio a la agonizante imagen, sin adioses de himnos y campanas, portada en andas por ocho hombres y acompañada por más de 40 antorchas.
  • La imagen, cuya cara fue tallada en el dolor de su agonía, transitó por la calle Mayor bajo el efecto sonoro fuerte y brusco de una gran tormenta