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Article d'opinió de Vicente Pellicer, Doctor en el Departament de Salut d'Alcoi

Vicente Pellicer

Divorcios contenciosos con hijos: una tragedia social

España se ha convertido en uno de los países del mundo donde más divorcios se consuman. Un drama, el del divorcio, que no es reconocido como tal, pes…

España se ha convertido en uno de los países del mundo donde más divorcios se consuman. Un drama, el del divorcio, que no es reconocido como tal, pese a las consecuencias devastadoras que la pérdida de la unidad familiar tiene para la sociedad, y el innegable coste que representan las familias desestructuradas en términos sanitarios, laborales y económicos. Y es triste porque basta con acercarse a la realidad de una familia divorciada para ver las negativas consecuencias que sufren en muchos casos los hijos, especialmente, cuando la separación no ha sido amistosa y uno de los progenitores, habitualmente la madre, instrumentaliza a la descendencia en común negándose a compartir la custodia de los hijos.

La evidencia científica y la práctica clínica son contundentes en afirmar que existe una correlación directa entre la disolución matrimonial y la vulnerabilidad física, psicológica y económica para los progenitores divorciados. La familia como institución brinda el apoyo educativo, financiero y emocional que sus miembros necesitan para prosperar socialmente. Sin este apoyo, los adultos divorciados y sus hijos se debilitan mental y físicamente, convirtiéndose en miembros menos productivos de la sociedad.

Una relación estable cuando la pareja es feliz es un factor protector de salud mental y física de primera magnitud tanto para hombres como para mujeres, más aún cuando tienen descendencia. Existe un creciente cuerpo de investigación que atestigua la asociación entre el colapso de la relación de pareja y la vulnerabilidad de los ex-cónyuges a través de una amplia gama de indicadores socioeconómicos y de salud1-9. La ruptura de la relación de pareja se correlaciona inequívocamente con mala salud de los adultos divorciados, tanto física como psíquicamente, y mayor precariedad económica. Las estadísticas prueban que los no casados (solteros, viudos y divorciados) tienen mayores tasas de mortalidad que los sujetos casados en todas las categorías evaluadas y para todos los grupos de edad, afectando más a los hombres, y especialmente a los hombres solteros, siendo los divorciados el siguiente grupo de riesgo. Los hombres solteros tienen, estadísticamente, una tasa de mortalidad tres veces superior a los hombres casados, mientras que la tasa de mortalidad de las mujeres solteras es dos veces superior a la de las mujeres casadas9.

Sin embargo, es sobre la descendencia donde las rupturas familiares tienen mayor impacto negativo. Existe una fuerte asociación entre la disolución familiar y los malos resultados infantiles que incluyen mayor riesgo de pobreza, vulnerabilidad socio-económica, mala salud física, mala salud psicológica, menor rendimiento académico, abuso de sustancias, problemas de comportamiento y de conducta, y mayor probabilidad de criminalidad. Los estudios10-18 han demostrado que estos efectos pueden ser a largo plazo, muchos años después de haberse producido el divorcio de sus padres, y que perduran en la edad adulta, afectando a la capacidad de convivencia e interacción del menor con otras personas. Los menores expuestos al divorcio de sus progenitores tienen mayor riego de fracasar emocionalmente en sus relaciones. Sin embargo, este impacto negativo sobre los niños de la ruptura de la relación de sus progenitores, está lejos de ser universal, y viene modulado por múltiples factores y condicionantes, siendo la custodia compartida un factor protector para la salud mental y bienestar emocional de los hijos de padres divorciados. La mayoría de los niños tienden a adaptarse a la situación cambiante después de un período de inestabilidad, especialmente cuando no existe un deterioro marcado de las habilidades parentales de los progenitores ni se establecen mecanismos de triangulación con el menor. En este sentido, se puede afirmar sin titubear que la custodia compartida es el instrumento legal más eficaz para mantener a los hijos alejados de los tribunales y no judicializar su infancia en disputas legales de sus progenitores. La investigación también indica que no es necesariamente el conflicto del divorcio lo que puede dañar a los menores sino más concretamente el tipo de conflicto y cómo lo manejan los adultos.

El 14 de junio de 1995, la American Psychological Association en un informe a la Comisión de Estados Unidos sobre Bienestar Infantil y Familiar, tras exponer los resultados de las principales investigaciones sobre custodia compartida y sus repercusiones en el bienestar del niño, sostenía que la custodia compartida conllevaba consecuencias favorables para los niños en todas las variables estudiadas y era más beneficiosa en términos generales que la custodia monoparental, recomendando, pues, que la custodia compartida fuese el régimen preferente en caso de divorcio y separación con hijos menores de edad, salvo excepciones debidamente justificadas en el interés superior del menor.

En este sentido, la evidencia científica a favor de la custodia compartida es abrumadora. Los estudios19-32 prueban que los menores con custodia compartida presentan menos problemas emocionales, psicológicos, psiquiátricos y médicos, a todos los niveles, que los menores con custodia monoparental. Y sin embargo, la custodia compartida no es el modelo preferente en nuestra legislación por la oposición férrea de grupos ideológicos institucionalizados. Urge promover políticas y estrategias de protección a la familia y de mediación judicial en los procesos de divorcio. Es imperativo establecer la custodia compartida como modelo preferente en caso de separación y divorcio con hijos para mantener a los menores alejados a los tribunales y respetar su derecho a crecer con el amor tanto de su padre como de su madre, en un plano de igualdad. Las situaciones en las que un menor no puede disfrutar de un entorno materno-paterno adecuados por muerte o fallecimiento de un progenitor son lamentables e inevitables, pero lo irracional es crear de forma deliberada esa carencia. Un hijo no tiene la culpa del divorcio de sus padres por lo que nunca debería sufrir sus consecuencias: tenía un padre y una madre antes de la separación y los debería seguir teniendo después. Es por ello que debemos considerar la custodia compartida como un derecho del menor y un deber de los padres.

 

Texto extraído del ensayo “Las madres que no amaban a sus hijos: maltrato infantil en los divorcios”, de Vicente Pellicer García 

 

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