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El diario de Mireia: Martes 19 de mayo. Día 66, Reencuentros

Hi havia ganes de reencontre
  • Creo que de todas las personas a las que quiero abrazar, a la que más es a mi abuelita… ¿Cuándo llega la fase de los abrazos?
  • Ni la cena de Reyes, ni la comida de Navidad, ni el cumpleaños de cualquiera puede superar las expectativas de estos encuentros sin celebración alguna más que las ganas de poder vernos cara a cara.

Se acaba un finde lleno de lo que más ansiaba tener, reencuentros. Por fin he podido tachar de la lista muchos de los nombres que la formaban. 

Entre el sábado y el domingo pude estar con mi familia Martí y mi familia Expósito, y además con mis amigas. 

Esta fase de reencuentros empezó el sábado por la mañana en casa de mis tíos Raúl y Estefanía. La idea era hacerse un piscolabis en la terraza, pero debido a la tormenta que cayó tuvieron que adaptar el comedor a las normas de seguridad: las sillas a dos metros de distancia y unas mantas de separación en los sofás para que mis primos pudiesen sentarse juntos pero separados. 

Estábamos todos, aunque faltaba la matriarca. Mi abuela se quedó en su casa, pues al ser de riesgo aún no es recomendable que se junte con más gente. 

Nos hicimos unas cervecitas, (aunque algún que otro Plis Play cayó), unas papas y estuvimos hablando de todo un poco: De lo extraño que era no poder abrazarnos, de las clases, del trabajo, de fiestas...y como no, del coronavirus. Es inevitable que no se hable del tema. 

Mientras hablábamos mi tío Raúl era el encargado de asegurarse con un metro de que guardabamos la distancia. Evidentemente ya era con tono cómico, porque si no nos tomamos esto lo mejor posible podríamos acabar todos depresivos.

Llegó la hora casi de irse e inesperadamente mi primo pequeño empezó a leer una carta que había escrito mi tía Mónica. Al parecer se sentía muy inspirada por la mañana y decidió escribirnos unas palabras muy sensiblonas. Mi primo le dió un toque humorístico sin querer, confundiendo algunas letras y haciendo el payasete. Gracias a él pudimos maquillar las lagrimillas de emoción en lágrimas de risa. 

 

Llegó la hora de comer y mi padre, mi hermana y yo nos fuimos a casa de mi abuela. Segundo reencuentro del día. Mi padre preparó los platos para comer y nos sentamos separados totalmente. Creo que de todas las personas a las que quiero abrazar, a la que más es a mi abuelita… ¿Cuándo llega la fase de los abrazos?

 

Llega la tarde y con ella el tercer reencuentro. A las 7 quedamos con nuestras amigas. Algunas de ellas al principio se mostraron muy distantes, pues era la primera vez que salían a la calle y no sabían ni cómo actuar,  parecía que estuviesen en una burbuja, pero poco a poco se fueron amoldando a la situación. 

Llegamos a la Plaça de Dins y algunas entran en pánico al ver a tanta gente. Empiezan a dudar entre entrar y sentarse o no. Aunque las mesas estuviesen separadas, había mucha gente y daba un poco de cosa pertenecer a esa muchedumbre, no obstante lo previsible que era sentarse ocurrió. Afortunadamente nos aislaron en unas mesas en los arcos de la plaza y antes de sentarnos nos desinfectan delante nuestra la mesa y las sillas y nos sentamos. 

El requisito para poder sentarnos era estar una hora y media y consumir mínimamente 2´50€ por persona.  Nos sacaron los botellines y unos cacahuetes y empezamos a apreciar la cerveza en la Plaça de Dins, uno de los mayores placeres para mis amigas y, por supuesto, para mí. 

 

Hablamos de todo un poco y nos fijamos en toda la gente que había. Hacía dos meses que no veíamos a mucha gente más que por las redes sociales. De todas las personas que habían, de la mitad sabía su vida entera. Durante este confinamiento la gente se ha expuesto al completo en sus redes y ver ahora a esas personas con mis propios ojos era como ver a un famoso por primera vez, sabes toda su vida y de repente lo ves en carne y hueso. 

En los puentes, por la derecha

Llegan las 9, nos levantamos y nos vamos a casa de una amiga a cenar. Para ir a su casa pasamos por el Puente de San Jorge e inconscientemente casi no cumplimos la normativa de ir por la derecha. Empezamos a cruzar el puente por la izquierda y un hombre (un poco malhumorado) nos regaña y nos dice que crucemos. Le damos las gracias por recordárnoslo y cruzamos de calle. Todas sabemos la normativa, pero en ese momento y, acostumbradas a ir siempre por la otra acera, ni nos acordamos. 

Llegamos a casa de mi amiga y mantenemos las medidas de seguridad, cenamos y nos vamos cada una a su casa. Nosotras siempre después de cenar en una casa nos vamos de fiesta, pero claro esta vez fue diferente y cambiamos el camino hacia la marcha por el camino hacia nuestras casas y los cubatas en la discoteca por grandes dosis de risas, anécdotas y momentos juntas que hacían falta.

 

Domingo

Llega el domingo y con él el cuarto reencuentro, la familia Expósito. El otro día ya pudimos estar un poco juntos, pero esta vez estuvimos al completo con mi primo Javi y su novia

Mi tío Francis nos envió el menú con todos los platos y un mensaje parecido a “Qué ganas tengo de estar todos juntos”. 

Vamos a su casa y nos juntamos por fin todos. Al principio no fue tan raro como la primera vez, no obstante a mi primo Javi si que se le notaba nervioso a la vez de emocionado al vernos de nuevo en una misma mesa. Después de ocho semanas, los domingos han vuelto a la “normalidad” con grandes diferencias, de las que más destaca (además de las distancias) el no tener que irme a Castellón nada más comer.

La tarde del domingo fue, por lo tanto, mucho mejor que una típica de hace dos meses. Hace dos días me preguntaba cuándo sería el último día de aplausos. Mis preguntas fueron escuchadas por alguien y el domingo fue el último día del aplauso. El coronavirus aún convive con nosotros, no obstante los datos van mejorando y en consecuencia las iniciativas como la de las palmadas desapareciendo. Durante dos días las muertes no han llegado al centenar y a excepción de algunas zonas como Madrid y Barcelona, España casi al completo está en la fase 1. 

 

Reflexión

Una vez pasada esta fase de reencuentros reflexiono y caigo en que esta fecha la voy a recordar siempre. Estos días he tenido cuatro reencuentros,  algo tan sencillo como ver en carne y hueso a las personas que más quiero se ha convertido en lo más importante par mí. 

Las formas han sido lo mejor dentro de esta nueva normalidad. No puedo pedir más, pero pienso y pienso y solo se me viene a la cabeza lo extraño que es todo.

Quién me diría a mí que el menú de un típico domingo o un sábado iba a convertirse en la comida o picaeta más deseosa del año. Ni la cena de Reyes, ni la comida de Navidad, ni el cumpleaños de cualquiera puede superar las expectativas de estos encuentros sin celebración alguna más que las ganas de poder vernos cara a cara, guardando distancias y dejando atrás la separación telemática.